Poesías-Oraciones

Oración-meditación

Prójimo es todo aquel que me necesita

y estoy dispuesto a  ayudarlo a ser más humano.

No debo pensar solamente en las necesidades materiales.

En nuestro entorno, son más urgentes otras carencias.

……………………. 

 

No hay más amor a Dios que el que se manifiesta amando a los demás.

La clave en nuestra relación con Dios, está en el amor al prójimo.

Si creo que puedo amar a Dios desentendiéndome de otro,

es que no he entendido nada del mensaje de Jesús.

……………………. 

 

La propuesta de Jesús es de amor incondicional a todos.

Un amor que no se manifiesta, es que no existe.

Si no descubro a la persona que me necesita,

Es que no me preocupo del que pasa en mi interior.

…………………..

 

GOLONDRINAS

“A las Siervas de María”

  Como golondrinas  al atardecer

de negro y blanco vuelan presurosas:

llevan al lecho del dolor cien rosas

de amor y compasión hasta el amanecer.

A la hora en que muchos se divierten

ellas beben el cáliz del hermano

enjugando las lágrimas que vierte.

Como aquellas piadosas avecillas,

que las espinas a Cristo le quitaron,

son valientes mujeres que abrazaron

el destino que a todos maravilla.

Para remediar la amarga soledad,

siempre tienen una sonrisa a mano

y una palabra de amor y de verdad.

¡Qué hermosa  lección dan cada día

estas monjas:  las  ¡Siervas de María¡

Don José Martínez

(Jaén)

 

CRISTIANO PERSEGUIDO

Aún recuerdo aquella noche
de misterio y despedida.
Jesús hablaba despacio
viéndose en Él que sufría
por saber que nos dejaba
roto por tantas heridas.
Nos dijo que nos amásemos,
que fuésemos luz que brilla,
que el que quiera ser primero
sea el último de la fila.
Nos dijo que era un amigo
que de amistad se moría,
loco de amor por nosotros…;
que iba lejos, a otra orilla,
a prepararnos un reino
para en él vivir la vida
de nunca más separarnos
por más que el tiempo prescriba.
Recuerdo que hubo un momento
de silencio, de precisa
claridad en su mirada.
Tembló el aire en sus aristas.
El Maestro cogió el pan
y ardió el mundo en su ceniza.
Pero antes de bendecirlo
nos dijo con voz tristísima:
“Si a mí, ¿veis?, me han perseguido
sin descanso, día a día,
también lo harán con vosotros.
Es la razón, la medida
de ser en mí la unidad
que todo lo multiplica”.

Y Jesús dijo verdad.
Dos mil años todavía
y hoy seguimos perseguidos.
Bien es verdad que en las vísperas
de ver pasar a los siglos,
en lugar de las espigas
hemos sembrado cizañas,
campos de sal fratricida.
Nos hemos ido olvidando
de la verdad trascendida,
demasiadas voces vanas,
demasiada cascarilla,
oración sin corazón,
corazón lleno de espinas,
desamor entre nosotros
y entre nosotros mentiras…

Campo abonado de escarchas
para que más nos persigan…
Y perseguidos estamos:
si crees, ya no eres artista,
ni avanzado, ni moderno,
ni sabio, ni progresista,
ni inteligente, ni culto.
Si crees eres un meapilas,
el retrógrado, el beato.
Si crees, eres en política
el extremo de la extrema,
el reaccionario, el fascista.
Si crees, te pagan con golpes
de incomprensión, de injusticias,
de soledades terribles,
de indiferencias precisas;
te traicionan, te abandonan,
te repudian, te critican,
te atan de pies y de manos,
te amenazan y te obligan
a que enmudezcas la voz,
y te encarcelan si gritas.

Pero qué contrariedad,
que efecto que en sí se gira
y se revuelve en su contra,
qué consecuencia distinta:
perseguir es despertarnos,
ver nuestra esencia más íntima,
llegar al mar de nosotros
y nadar en la autocrítica.

Perseguir es despertarme,
hacerme hoguera encendida,
terreno para la siembra,
greda que se sabe viva,
volcán de paz que se entrega,
conciencia que en Dios se obliga.

Y ahora comprendo quién soy,
de donde vengo, qué sílabas
componen mi abecedario,
qué lugar de bienvenida
ocupo en tu altar, Señor.
Ahora sé que, de rodillas,
continúo en aquella cena
de amor de tu despedida,
en que antes de hacerse llanto
la amistad que me rendías,
antes de partir el pan,
se encendieron tus pupilas
y, mirándome, dijiste,
con palabras trascendidas,
que si a Ti te persiguieron
conmigo también lo harían.

Y así viene siendo, Dios.
Y aunque me duele esta herida,
ya no me importa el dolor
ni me importa lo que digan,
porque sé que al ser de Ti,
y al ser de Ti el alma mía
y de Ti todo mi ser,
la batalla está vencida.

Así que vale, Señor.
Vale esta lucha que obliga.
Vale esta sombra en mi sombra.
Vale, Dios, que me persigan.

Yo lo acepto con amor,
con perdón, con alegría…
Pues a más persecución
más en Ti me crucifican;
y a más que sufro la cruz
más me acerco hacia tu orilla,
más me uno a tu presencia,
más fortaleza me envías,
más muerte tiene mi muerte
y aún más vida mi vida.

                  DE:  Ramón Molina Navarrete

 

BAJA DE AHÍ, SEÑOR

(Ante una imagen de Jesús Nazareno camino del Calvario)

Tú sabes, mi Señor, que ando luchando
por encontrarte dentro de mí mismo,
que me sé programado por costumbres
y viejas tradiciones,
que me niego a quedarme en superficies
de madera y vestidos con bordados
de oro y terciopelos.
Y Tú sabes también que ando dormido,
encarcelado,
en tu propia palabra adulterad
por la araña amarilla de los siglos.

Por ello acudo a Ti, para librarme
de estas cadenas siempre a ras de suelo,
pretendiendo ser yo para ser Tú,
y, juntos ya, romper los eslabones
y volar sobre el viento
camino de un espacio que termina
donde empieza el amor de todas horas.

Ven a mí. Baja pronto de tu forma
de hombre que camina hacia la muerte
y en donde te tenemos
para limpiarnos los pecados
y guardar la distancia de hasta luego,
para pedirte
cual mago que se esconde en su refugio.

Baja de ahí, y ponme las sandalias
de pescador de todos los océanos
de la tierra, que quiero
echar las redes blancas de la paz
y recoger la flor de la esperanza,
que quiero no sentir
en mis adentros
el frío del rencor, ni el arañazo
del odio, ni la lluvia torrencial
del egoísmo.
Que quiero solamente
saberme un ignorante que respeta
la fe de los hermanos,
la conciencia que busca la verdad,
el corazón que late
ajeno a los colores de la piel,
las alas que no ven otras fronteras
que las de siempre estoy dispuesto
para darte mi mano y mi sonrisa.

Baja de ahí para que aquí
yo no tenga más miedo a los fantasmas
y pueda caminar en la alegría
de saber por Ti mismo en mi yo mismo
que el sábado se hizo para el hombre
y no al contrario,
que los muertos entierran a sus muertos,
que el grano si no muere no da fruto
y que el Reino de Dios, la Vida Eterna,
empieza en el instante de nacer.

Baja ya, mi Señor, del pedestal,
y deja la madera que te cubre,
para así, en la esencia
de ser quien eres, puedas adentrarte,
por la llaga sangrante del costado,
en mi sangre, en mis huesos,
en el centro más hondo de mi alma,
y ya juntos, unidos,
vayamos caminando hacia el Calvario
de ser mejor
para resucitar al tercer día
de nunca más sufrir.

Baja ya, Nazareno,
de ese sitial estático, en penumbra,
para que ya jamás te vuelva a visitar
porque vives conmigo a todas horas,
cada segundo,
en esta casa mía de ser hombre
que Tú me regalaste una mañana
para hacerme saber que vivir es hermoso,
y que morir, estando Tú en la muerte,
es más hermoso aún…,
porque entonces será,
–cuando yo también deje
la madera de barro que me cubre
y salte a Ti, en Ti, dentro de Ti–,
definitivamente, el abrazo desnudo de dos seres
que se aman con locura para siempre.

                                  DE:  Ramón Molina Navarrete

 

 

             ¡ASÍ ERES TÚ, MARÍA!

  “Me llamarán bienaventurada

       Todas  las generaciones”

                                    (Lucas, 1, 48)

 

Así eres tú, María,
racimo de sencillez que nos alcanza,
acueducto de Dios hacia los hombres,
lluvia serena y delicada
que empapa de amor los corazones
y enciende de esperanza nuestras almas.

Así eres tú, María,
copo de luna en la mirada,
espejo límpido de clara transparencia
donde mirarnos y mirarse cara a cara.

Así eres tú, María.

Así eres tú en el tiempo y la distancia:

sencilla mujer, apenas niña,
apenas rosa, apenas llama,
apenas silencio que se escucha,
apenas nada,
apenas todo…
Apenas yo con estas penas que me abrasan.

Así eres tú, María:
mujer que se encadena –esclava–,
en Dios, hacia Dios y para Dios…
Y viene Dios y entra en tus entrañas
y se hace redondo fruto de tu vientre,
carne de tu carne inmaculada.
Y lo tomas y lo haces hombre,
niño primero entre la paja,
pastorcillo de sueños
que en sueños se amamanta.
Y lo presentas al templo,
y el templo se hace ascua.
Y lo llevas a Egipto, y Egipto
lo esconde en la urgencia de su magia.
Y luego al templo otra vez
(doce años pasaron de su infancia),
y allí se pierde, y nos perdemos,
y allí lo alcanzas, y a todos nos alcanzas.

Después la boda en Caná.

El vino que se acaba.
“Haced lo que Él os diga.”
“Hazlo, Hijo mío.” “Llenad de agua
las tinajas…, ¡hasta el borde!,
quiero hacer las cosas como Dios manda;
mi madre me lo pide
y a una madre, ¿quién le niega nada?”
“Probad el vino”… Y lo probamos.
¡Esto no es vino, ni esto es agua,
esto sabe a rosas y a licor divino!
Tú, María, sonríes…, sonríes…, y callas.

Más tarde te acercas a tu Hijo,
de lejos, sin hacerle sombra clara.
“Jesús, tu Madre… Te busca…”
“Mi Madre sois vosotros, anda,
ve y di a los hombres que ella es ejemplo
de los que escuchan mi palabra.” 

Y luego en el Calvario.
Ahí sí que es tristeza tu esperanza.
Tu Hijo, clavado en el madero,
se desangra.
Lo miras con ternura, con angustia.
El suelo tiembla con tus lágrimas.
Jesús hace un esfuerzo y te sonríe…
Y tiemblo yo que soy el clavo que lo mata.
“Madre, he ahí a tu Hijo. Hijo, he ahí a tu Madre”
Y ya no tiemblo. Su sangre, que me alcanza,
me hace hermano de Él…, hermano de Él
e hijo tuyo…, hijo de tu alma.

Así eres tú, María:
sencilla, buena, rebosante de gracia,
protectora, tierna, generosa,
consoladora, humilde, entregada,
virgen, santa, divina…

                     ¡Y Madre más que nada!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *