Lugar del encuentro

PALABRA                                    CRISTO REY

en carne VIVA

 A todos nos gustaría recibir la visita de Cristo. Sin embargo, no acabamos de caer en la cuenta de que Cristo está en

el prójimo para que en el prójimo podamos amarlo. Todos al final nuestra vida seremos examinados de amor. Y ese examen lo aprobaremos, no por los títulos que tengamos, ni por las recomendaciones, ni siquiera por un certificado firmado por el párroco sobre la asistencia a prácticas religiosas. No nos hagamos ilusiones; habrá suspensos si no estamos preparados en esta única materia fundamental: en el mandamiento nuevo de Jesús, de que nos amemos los unos a los otros como El nos ha amado. Muchos imaginamos a Cristo en las nubes, pero en realidad nos cruzamos con Él en el camino. El se pone la ropa de cada día. Cristo no se ha ido, se ha disfrazado en cada ser humano. Alguna persona «piadosa» se queja de las distracciones «durante la oración». Las distracciones peores son las que tenemos a lo largo del camino: cuando pasamos al lado de Cristo y no nos enteramos. Cristo tiene el rostro del hambriento, del niño, de la cocinera, del parado, del enfermo, del individuo mal vestido, del encarcelado, del inmigrante y de cualquiera de nuestro prójimo.

Esta puede ser nuestra pequeña oración: Señor, dame ojos para reconocerte en todos los rostros que se cruzan en mi camino, porque Tú tienes la costumbre de viajar disfrazado. No me dejes caer en la distracción y líbrame del descuido. Amén.

 ORACIÓN

Gracias, Padre Dios, porque constituiste a Cristo resucitado Señor y Rey de la creación.

Tú eres santo, luz, ternura, misericordia,

y nosotros tiniebla, egoísmo, violencia.

Cristo Rey de todas las naciones

No obstante, nos quieres tal como somos,

pero nos mandas amarnos

como Cristo nos amó.

Nos cuesta mucho ver a Jesús

en los pobres, en los marginados,

en los inmigrantes y en los excluidos.

Que veamos en ellos a Cristo sufriente.

Enciende, Señor, nuestros corazones,

con el fuego de tu palabra amorosa,

y danos tu Espíritu que nos transforme,

para que amando a todos,

aprobemos el examen final.

Amén.

Feliz, Pacífica y Fructífera Semana. José Gabriel.

PALABRA                (16 Domingo del T.  Ordinario-A)

en carne VIVA

 “El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla                                                                             en su campo. Pero mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña                                                          en medio del trigo”.

Generalmente interpretamos así esta parábola: ¿Cizaña? –Los injustos, los malos, los que no frecuentan la Iglesia… ¿Trigo? –Nosotros. Los que frecuentamos la iglesia, los buenos pero el sentido de la parábola no es tan elemental. Es, en su sencillez, mucho más complejo.

El mundo es un campo en el cual trigo y cizaña se confunden: ¿quién me define si este hombre es un cristiano humilde o una persona pusilánime? ¿Quién garantiza que esta actitud sea ostentación y no misericordia? ¿Persevera este matrimonio por amor o por rutina? ¿Al héroe lo inspira el ideal o más bien la vanagloria? Además, siendo sinceros, podemos confesar que todos somos a veces trigo bueno y a veces cizaña. Un día sacamos a relucir lo mejor de nosotros mismos. Al siguiente, somos mezquinos, egoístas, malintencionados, crueles, indiferentes. Tal verificación pudiera llevarnos al pesimismo. Nos creímos ya libres de todo mal y peligro.

Imaginamos ser maduros, generosos, equilibrados, cristianos,gente de bien. Pero de nuevo comprobamos que somos inmaduros, individualistas, inestables. En una palabra, gente del montón. Mirábamos el mundo desde lejos. Pensando que nunca podría contaminarnos. Que nuestro yo jamás podría albergar ciertas bajezas. Pero la experiencia nos mostró en vivo y en directo, nuestra capacidad de mal. Recogió datos y adujo pruebas evidentes de nuestra fragilidad. No presentó un habitat interior y un hogar cristiano. Asentados sobre una tierra árida y mediocre. Nos hizo probar el sabor de nuestra pequeñez, de nuestra ignorancia, de nuestros errores.

Por fortuna esa tregua que el Señor pide, antes del final, es tiempo hábil para apelar a su bondad y para sentir su misericordia. Tiempo de oración y de confianza. Él, con un gesto de amor, puede cambiar nuestra cizaña en buen trigo para los graneros celestiales.

 ORACIÓN

Ayúdanos, Padre Bueno, a aceptarnos del todo,                                                                                                                                                      ayúdanos a reconocer nuestras deficiencias,                                                                                                                                                              ayúdanos a reconocer que somos trigo y cizaña.

Gracias por nuestras cualidades personales.                                                                                                                                                                Ayúdanos a desarrollar el potencial inmenso,                                                                                                                                                          que has puesto en cada uno de nosotros.

Ayuda a los demás a que desarrollen sus cualidades. Enséñanos, padre Bueno,                                                                                          a perdonarnos nuestros errores,a convivir con nuestra cizaña,                                                                                                                        a sobrellevar nuestras incoherencias,a ser misericordiosos con nosotros mismos,                                                                                para poder ser misericordiosos con los demás,                                                                                                                                                       que también llevan el peso de su fragilidad.  Amén.

Feliz, Pacífica y Fructífera Semana. José Gabriel.

ORAR en Semana 15 del Tiempo Ordinario 2014 – Ciclo A

Domingo 14 del Tiempo Ordinario – Ciclo “A”  

La Sencillez nos Convierte en Amigos de la Gente y de Dios

 [ Mateo 11, 25-30 )

 Retomamos los domingos del Tiempo Ordinario que habíamos dejado para dar paso a la Cuaresma y la Pascua. Estamos en la semana 14 del Tiempo Ordinario y seguiremos con la lectura continuada del Evangelio de Mateo. En esta semana nos invitan a considerar una de las claves más importantes del seguimiento a Jesús: la sencillez de vida.

El Evangelio (Mt. 11, 25-30) que reflexionamos esta semana es muy breve y a la vez muy profundo. Está conformado por tres partes: 1º) la revelación de Dios es acogida principalmente por los sencillos; 2º) a Dios Padre lo conocemos por Jesús; y 3º) Jesús es nuestro refugio y descanso.

El evangelista presenta a Jesús agradeciendo al Padre porque ha ocultado la auténtica sabiduría a los que se consideran sabios y entendidos, y la ha reservado a la gente sencilla. Para el Señor, la condición de sencillez será la clave para la vida y para la fe. La sencillez y la humildad tienen mucho en común, incluso se identifican. Los humildes y sencillos, dice Jesús, heredarán la tierra (Mt. 5,5).

La acción de gracias en la que Jesús declara que los sencillos son los que escuchan y comprenden a Dios Padre, está precedida del poco o nulo éxito que Él tuvo entre los sabios y entendidos de su tiempo. Jesús se topa con la dureza de corazón, pero no se paraliza, sino que se vuelve hacia el Padre, alabándolo por la sintonía que encuentra entre las personas sencillas.

¿Qué tiene la gente sencilla que se convierte en la intérprete adecuada de Dios, en sus amigos? La sencillez es lo que da lugar a la libertad, limpia la mente de prejuicios, hace al corazón misericordioso, erradica la maldad, devuelve la inocencia del alma, hace posible la fe. Los sencillos son el rostro vivo de Dios en este mundo.

Y, ¿qué tiene la cruz del Señor (su yugo) que produce descanso? La cruz ordena el afecto, libera de toda amargura, devuelve la dignidad y crea solidaridad. La cruz de Jesús es lugar privilegiado de amistad y comunión con las personas, con el mundo y con Dios. Por ello Jesús es nuestro amparo. En la cruz cobra pleno sentido nuestra humanidad.

Para que podamos encontrarnos con Jesús, hay que volver el rostro y acercarnos a los crucificados de la tierra. Ellos harán que se despierte nuestra sensibilidad dormida. La vida no te quita cosas: te libera de cosas… te alivia para que vueles más alto, para que alcances la plenitud” (Facundo Cabral). Junto a los crucificados, comenzarás a perder cosas, pero te encontrarás a ti mismo, libre, cercano, fraterno, sin dolencias en tu alma. Te encontrarás humano y hermano.

 Podemos terminar con el texto siguiente:

 No te Olvides Nunca de mí, Señor ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes y a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles.Si me das fortuna, no me quites la razón. Si me das éxito, no me quites humildad. Si me das humildad, no me quites dignidad.

Ayúdame siempre a ver el otro lado de la moneda. No me dejes inculpar de traición a los demás por no pensar igual que yo. Enséñame a querer a la gente como a mí mismo y a no juzgarme como a los demás.

No me dejes caer en el orgullo, cuando triunfe. Ni en la desesperación, cuando fracase. Más bien, recuérdame que el fracaso es la experiencia que precede al triunfo.

Enséñame que perdonar es lo más grande del fuerte y que la venganza es la señal más primitiva del débil. Si yo faltara a la gente, dame valor para disculparme. Y si la gente faltara conmigo, dame valor para perdonar. Señor si yo me olvido de ti, no te olvides nunca de mí.

 Mahatma Gandhi

 

Aportes para la HOMILÍA del domingo 29 de Junio de 2014

 

Domingo de San Pedro y San Pablo – Ciclo “A” 

barco ¿Quién Es Jesús Para Mí?

[ Mateo 16, 13-19 ]

 Esta semana celebramos la festividad de San Pedro y San Pablo y la Liturgia nos invita a reflexionar en qué medida Jesús fundamenta realmente nuestra existencia. Pedro y Pablo son para la Comunidad Cristiana dos modos especiales de hacerse amigos de Dios. Pedro, el creyente sencillo, bueno y a la vez impulsivo, se manifiesta como invitación a una generosidad que enfoca toda su fuerza en la amistad profunda con Jesús. Pablo, el creyente libre, sincero y a la vez con pies de barro, se revela como llamada a la audacia de implicar todo el ingenio posible en la comunicación del Evangelio.

A la pregunta sobre quien es Jesús para la gente le apura una respuesta casi esperada. Porque Jesús parece Juan Bautista, el asceta que con palabras llanas convocaba a la conversión. O Elías, el místico que con su vida de fuego purificaba cualquier situación de muerte. O Jeremías, el letrado salido del seno de Dios que abría en medio de la maldad el camino a la autenticidad. Y es que Jesús es palabra, fuego y verdad.

Pero a la pregunta sobre quién es Jesús para mí no cabe cualquier respuesta. Pedro dirá que Jesús es el Mesías de Dios. Y es que sólo podemos saber quién es Jesús mediante el contacto sensible y expreso con su Humanidad y su Palabra. Así como sólo es posible conocer quién es uno mismo, si nos abajamos hasta el fondo de la realidad y de la muerte. Paradójicamente este nivel de sencillez es el que nos permite alcanzar planos superiores de conocimiento y realización.

En su sencillez y debilidad Pedro ha descubierto que Jesús es quien une el cielo y la tierra, lo humano y lo divino. Por eso lo llama el Mesías de Dios. Y Jesús le dirá: y tú eres Piedra y sobre ti edificaré mi Iglesia. Es decir, la Iglesia no se construye si ti, sino contigo. No eres tú la Iglesia, por más Pedro o Pablo o Ana que seas, sino la roca que jamás desprecia Dios para levantar el edificio de la fe, el amor y la esperanza.

Jesús ha dicho a Pedro: todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo. Porque Pedro sabe bien de ataduras, de afectos desordenados, de dolores y traiciones, por eso puede perdonar sin límites, acompañar sin límites, amar sin límites. Quien no sabe de este amor jamás podrá atar y mucho menos desatar.

El Señor ha abierto para siempre el acceso a Dios. El poder de atar y desatar es totalmente suyo y lo comunica a quienes saben de caída y levantada, de dolor y perdón, para que nunca más vuelva a haber tropiezos o trabas que obstaculicen la vida. Para que su amor y su gracia lleguen a todos los rincones de la tierra.

Que conozcamos profunda e internamente a Jesús, para que hagamos de nuestra vida, familia, comunidad eclesial y trabajo, lugares vivos donde muchos hombres y mujeres se encuentren, practiquen la misericordia, vivan la solidaridad, fortalezcan su fe y cultiven la esperanza.

 Podemos terminar con el texto siguiente:

 De Qué Te Sirve

 ¿De qué te sirve el agua que de lo alto rocía y hace madurar el fruto del huerto que tú cultivas si desconoces la mano que tales dones te envían?

¿De qué te sirve la vida atada a seguridades que dan cobijo a tus miedos y alimentan ansiedades si muere de sed tu alma cautiva en las mezquindades?

¿De qué te sirve la gloria de tu esfuerzo a toda costa que te oculta, que te ata, que te amarga y descoloca si te pierdes la alegría que al calor de Dios nos brota?

(Anónimo con arreglos)

PALABRA                                                                                  Corpus  Christi (A)en carne VIVA

“Dijo Jesús: os aseguro que si no coméisCartel Corpus Christi 2011 (Ubrique) la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros”

Deut. 8, 2-3.14-16;
Sal. 147;
1Cor. 10, 16-17;
Jn. 6, 51-58
Hacia el año 150 de nuestra era, un valioso documento atribuido a San
Justino, nos describe la celebración de la Eucaristía en la primitiva Iglesia: “El día llamado del sol nos reunimos,
tanto los que habitamos las ciudades como los del campo y se leen los comentarios de los apóstoles, o los
escritos de los profetas. Después, el que preside amonesta con sus palabras a la imitación de estos ejemplos.
Luego nos ponemos todos de pie y elevamos nuestras súplicas. Y cuando hemos terminado se trae pan, vino y
agua. El que preside eleva oraciones y acciones de gracias y el pueblo aclama: Amén. Seguidamente tiene lugar
la distribución de los dones sobre los cuales se ha realizado la Eucaristía. Los que poseen bienes dan, según su
voluntad, para socorrer a los huérfanos y a las viudas y a todos los necesitados. Nos reunimos, precisamente el
día del sol, porque ese día Jesucristo resucitó de entre los muertos”.
Los cristianos de hoy también nos reunimos el primer día de la semana, el domingo, día del Señor.
Nuestra comunidad, presidida por el obispo o el presbítero, se siente parte viva de la Iglesia universal.
Escuchamos la palabra de Dios y elevamos nuestras plegarias a Dios. El presidente bendice el pan y el vino y
repite las mismas palabras que Cristo pronunció en su última cena. Entonces El se hace presente de una nueva
manera entre nosotros. Se reparte el Cuerpo del Señor a quienes estén dispuestos a recibirlo. Y se guarda en el
sagrario, para la adoración de los fieles y para el viático de los enfermos. También nosotros ponemos en común
parte de nuestros bienes, para socorrer a los pobres. Así nos sentimos familia de Dios, congregada de todos los
lugares de la tierra.
En la Eucaristía del domingo, ante la presencia real del Señor, unimos a él todos los trabajos y afanes de
la semana. La presencia sacramental de Cristo da sentido y amplia las otras formas de su presencia entre
nosotros.
En este día del Corpus, Cáritas quiere hacer un llamamiento a todas las personas a vivir y hacer realidad
el valor del compromiso. “Si ayudo a uno sola persona a tener Esperanza… no habré vivido en vano” (M. Luther
King). Esta frase la viven día a día los y las voluntarias de Caritas, con su entrega y compromiso gratuito,
demostrando cada día que otra forma de vivir es posible, que otro mundo sí es posible. El voluntariado es signo de
Esperanza donde hay sufrimiento y pobreza, exclusión y desamparo, allí donde hay abatimiento y sinsentido.
Hoy más que nunca queremos pedir a lo ciudadanos de esta sociedad animar el valor del Compromiso
Solidario. Hacen falta manos con corazón. Hacen falta personas que se comprometan a fondo, que amen con algo
más que palabras. Hacen falta personas que entreguen su vida de verdad, dispuestas a experimentar la vivencia
de toda persona voluntaria: “hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35)
ORACIÓN
Gracias, Padre bueno y misericordioso,
por el sacramento del cuerpo y de la sangre de tu Hijo,
que él nos dejó como memorial de su amor.
Quienes comemos del mismo pan,
y nos sentamos a la misma mesa,
debemos vivir unidos por lazos de fraternidad.
Gracias por invitarnos a tu mesa,
y por enseñarnos a ser sencillos,
como el pan que compartimos,
con alegría y fraternidad
en la mesa sacramental eucarística.
Gracias, Señor, por invitarnos,
a estar disponibles para lavar los pies,
y curar las heridas de los pobres.
Para ofrecer la amistad, enjugar las lágrimas,
y levantar la esperanza de los hermanos.
Gracias, Padre, por invitarnos cada domingo,
a la mesa festiva de la Eucaristía.
Amén.
Feliz, Pacífica y Fructífera Fiesta y Semana. José Gabriel.
Corpus
Christi (A)

PALABRA en carne VIVA 

  Santísima Trinidad (A)

S Trinidad

                                      “Dijo Jesús a Nicodemo:  El que cree en Dios no será                       condenado. El que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo Único de Dios”

Ex. 34, 4-6.8-9;
Sal.: Dn. 3, 52ss;
2Cor. 13, 11-13;
Jn. 3, 16-18

Existe otro camino para encontrar al Señor: Amar. Más allá
del ruido de las palabras, del esfuerzo de la investigación, está el
amor. Pretendemos alcanzar a Dios desde una actitud científica.
Pero El se muestra sólo al contemplativo. El científico analiza el
universo. Lo coloca delante de si como un objeto, como algo pasivo,
como una cosa. Sorprende los orígenes de las especies.

Investiga la evolución de la vida. Compara
la conducta de los animales. Archiva datos. Ordena conocimientos, teoriza. Se siente superior a la
naturaleza. Pretende dominarla. En cambio el contemplativo, madruga a encontrarse con el
universo. Sabe admirar. Recibe. Agradece. En fin, ama. Dialoga con la naturaleza. No pretende
robarle sus secretos, ni desentrañar sus misterios. Se siente limitado ante la creación, pero cada
cosa le revela un mensaje. El contemplativo, poeta y místico a la vez, intuye, mira todos los días
hacia el firmamento. Sueña.
Desde pequeños, aprendimos que Dios se ha revelado y continúa revelándose a los
hombres. Quiere comunicamos quién es El, cuáles son sus intenciones y proyectos. Cómo nos
ama. Hacia dónde conduce nuestra vida. Nos ha revelado que El es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Que se hizo hombre en Jesucristo, quien resucitó de entre los muertos. Que hay dos modos de
vivir: De acuerdo con sus planes o en contra de sus deseos. Pero a veces hemos hecho de la
revelación una ideología. Y mucho más: Hemos estructurado una ciencia. Una ciencia obviamente
inexacta. Sin advertir que El no puede ser contenido en un tratado. Como el amor que no se
encierra en un vocablo. Al convertirnos en científicos, nos es difícil encontrar al Señor. Creer en El,
como nos dice San Juan, es llegar a ser contemplativos. Es regresar a la sencillez y a la
transparencia el mensaje de Cristo. A esas soluciones de vida que nos presenta el Evangelio.

ORACIÓN
Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo:
Haz que yo comprenda que el amor es la fuente de la unión.
Que el amor, simple y egoísta del ser humano,
es, muchas veces, inicio de muchos sufrimientos.
Haz que yo comprenda,
que te puedo amar corno Padre, Hijo y Espíritu.
Que en el secreto de ese triple anillo trinitario,
puedo beber yo el agua de la común-unión
que se respira y se vive en el cielo.
Que siendo invisible como eres,
te hiciste visible como nosotros en Belén,
sin más deseos que el amarnos más y mejor,
sin más intenciones que compartir nuestra existencia.
Que yo también soy imagen de tu amor trinitario,
que en mi mano está el amar, o el odiar,
que en mi corazón está la fuerza para la unión,
o la inclinación hacia la división.
Que mis pies pueden caminar hacia el bien común
o hacia mi propio egoísmo.
Doblo mis rodillas y te digo:
Gracias, Trinidad Santa. Te adoro.
Amén.
Feliz, Pacífica y Fructífera Fiesta y Semana. José Gabriel.

PALABRA              (Ascensión del Señor)
en carne VIVA            Ciclo AAscensión

“En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a
Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo
ellos se postraron, pero algunos vacilaban”

Hechos, 1, 1-11; Sal. 46;
Ef. 1, 17-23; Mt. 28, 16-20

La región montañosa al norte de Israel, Galilea, no
gozaba de buena fama, entre los jadies. Tierra de campesinos
ignorantes, gente pobre, alejada de la burguesía económica y
religiosa de Jerusalén. Estos montes de Galilea son el
escenario donde nos sitúa San Mateo. Allí Cristo convoca a
sus once discípulos. ¿Cuál es la intención del primer evangelista, en esta última página de su
relato? Insistir en la idea central de su Evangelio: Jesús es et Señor. Por eso nos cuenta que
tos discípulos se postraron, al ver a Jesús, como era costumbre ante los reyes. Cristo allí
afirma que se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Los envía luego con autoridad, a
predicar y bautizar por todas las naciones.
Por el bautismo nacemos a la comunidad cristiana: La Iglesia. En ella tratamos de vivir
al estilo del Maestro. Un estilo y talante nuevo. Y les manda enseñar Porque El es dueño de
una doctrina, capaz de cambiar el mundo, la cual confín a nuestro dinamismo. Y finalmente,
les promete su compañía: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.
La fe de la Iglesia primitiva se resumía en la frase: Jesús es el Señor. En ella también
podemos nosotros encerrar nuestra vivencia cristiana. Nos da seguridad, porque está más allá
del tiempo y del espacio, de la vida, y de la muerte, del bien y del mal. Nuestro Señor hace
camino. Con él sabemos de dónde venimos y para dónde vamos. Nuestro Señor es compañía.
En las ciudades, en las familias, en la reunión social, aun en la Iglesia, padecemos de soledad.
El crea la convivencia y el compartir. Nuestro Señor es Maestro. Con El todo se explica, todo
se traduce, todo se ilumina.
ORACIÓN
Padre Dios, Padre bueno:
Hoy nuestro corazón salta de júbilo,
porque has subido al cielo a tu Hijo,
Cristo Jesús, para tenerlo sentado siempre a tu derecha.
El también es hermano nuestro.
El vive, él es el Señor todo, es misericordioso.
Danos, Señor, espíritu de sabiduría para conocerlo.
Ilumina los ojos de nuestro corazón,
para que comprendamos y aceptemos,
cuál es la esperanza a la que nos llamas,
y cuál la riqueza de gloria que tú das a tus elegidos.
Mientras vivimos en este mundo, Señor,
queremos cumplir la tarea que nos has confiado:
Anunciar a todos la Buena Nueva,
de tu amor y de tu salvación.
Danos la luz y la fuerza de tu Espíritu,
para cumplir esta tarea fielmente.
Amén.
Feliz, Pacífica y Fructífera Fiesta y Semana. José Gabriel.

 

PALABRA en carne VIVA

jesus

6ºDomingo de Pascua

“Dijo Jesús: No os dejaré desamparados, volveré.

pero vosotros me veréis y viviréis” Dentro de poco el mundo no me verá,

(Hechos, 8, 5-8.14-17; Sal. 65; 1Pd. 3, 15-18; Jn. 14, 15-21)

Para vivir plenamente no nos basta el alimento, el vestido, la vivienda. Tenemos
necesidades más profundas.

No podemos subsistir sin sentirnos amados, sin ser tenidos en
cuenta, sin disfrutar de una sincera compañía. Cuando faltan estas cosas, enferma el alma y
hasta puede resentirse la salud, perdiéndose d equilibrio interior. El Señor que comprendía todo esto, siente tristeza al despedirse de sus amigos, poco

antes de su ascensión. Por eso inventa nuevas formas de compañía: Su doctrina que se escucha en la Iglesia y se transmite; el amor de la familia; la conciencia donde resuena la palabra de Dios; los Sacramentos que esconden un poder y un misterio: La fuerza del Señor que no conoce vacaciones ni desvío; la historia que, contagiada de Dios por la Encarnación de Jesucristo, se transforma en historia de Salvación. El Señor siempre está a nuestro lado. Alguna vez envidiamos a los apóstoles. Convivieron con Dios hecho hombre. Lamentamos que la presencia de Cristo entre nosotros sea oscura, lejana, muchas veces indescifrable. Olvidamos que un profeta venido de Nazaret, el hijo de un obrero, con su carga total de humanidad sobre los hombros, no fue a todas horas una presencia diáfana de Dios. Hubo momentos luminosos: En el Tabor. Cuando multiplica el pan o resucita a los muertos. Pero la mayoría del tiempo Cristo fue totalmente igual a sus discípulos. Se fatigaba del camino. Comía con peca-doras y publicanos. Se dormía sobre las sogas de la barca. Todo el mundo estaba al tanto de sus parientes, gente mediocre y común. No hemos de estar esperando entonces una presencia clara para sentir cerca al Señor. Todo signo, aun el mismo Jesús de Nazaret, es mitad luz, mitad oscuridad. Bajo estos signos nuestros, ordinarios, deslucidos y opacos se esconde la amable y poderosa presencia de Jesús. Basta aprender a mirar a través de la sombra. Muchos lo han practicado. De ahí derivan su fortaleza y su plenitud.

ORACIÓN
En tiempos de claridad dame, Señor,
la humildad para reconocer tu presencia.
En momentos de oscuridad, alarga tu mano
y que nunca me sienta sólo ni abandonado.
Necesitamos de tu auxilio en un mar revuelto,
en un mundo de tanta palabra hueca y sin contenido,
en una realidad, donde lo bueno, es dado por malo
y, lo nefasto para el hombre, es exaltado.
Llénanos de tu alegría y envíanos tu Espíritu
para que, la llama que tú encendiste hace siglos
siga ardiendo con el mismo calor,
con idéntica leña divina y con igual resplandor.
Porque tememos quedarnos a mitad de camino,
malinterpretando tus designios.
Porque tememos no cumplir tus deseos,
dejándolos de lado. ¡Pide por nosotros, Señor!
Porque tenemos la sensación de caminar solos
cuando de Ti nos alejamos,
¡Ampáranos y pide por nosotros, Señor!
Amén.
Feliz, Pacífica y Fructífera Sexta Semana de Pascua. José Gabriel.

PALABRA en carne VIVA

    5º Domingo de PascuaCamino

                                        “Tomás le dice a Jesús: Señor, no sabemos a dónde
                                              vas. ¿Cómo podemos saber el camino? Jesús le
                                             responde: Yo soy el camino, la verdad y la vida”

                                              (Hechos, 6, 1-7; Sal. 32; 1Pd. 2, 4-9; Jn. 14, 1-12) 

Muchos padecen una enfermedad incurable, otros la afición a la droga, otros están atrapados por una secta destruye. Otros soportan una psicología enferma, un vacío inconfesable, una quiebra económica, un error que ya es imposible reparar. A todos les dice Jesús: Yo soy el camino. Efectivamente, fue camino de salvación para la viuda de Naim, para la adúltera, los leprosos, Mateo el publicano, Zaqueo, Jairo cuya hija habla muerto, la mujer de Samaria, las hermanas de Lázaro, aquel ladrón de corazón sincero, crucificado a su derecha.

Todos ellos se encontraban en un callejón sin salida y todos ellos descubrieron el camino hacia la luz.

El Evangelio es un manual de ruta, para los que alguna vez nos extraviamos. ¿Quién no
cuenta en su haber innumerables extravíos? Unos nacidos de la condición humana, otros
derivados de la fe en esta árida tierra, y los que propicia la aventura de un servicio especial a
los hermanos. Pero el Señor nos dice siempre: Yo soy el camino.
Encontramos a nuestro alrededor muchos hermanos atormentados por la desilusión.
Imaginaron el matrimonio como un estado sin problemas, creyeron que la iglesia era una
sociedad de hombres perfectos. Nunca sospecharon hasta dónde llega la fragilidad de un
cristiano. Confiaron tal vez demasiado en la estabilidad del amor, en la sinceridad de la
amistad. Y el desengaño los persigue como una epidemia contagiosa. Muchos se resisten
sistemáticamente a intentarlo de nuevo. A mitad de la vida, se niegan a la reconciliación, a
ensayar otro esfuerzo. Confiesan que han perdido definitivamente la confianza. Para este
grupo desconsolado, donde quizás nosotros tenemos una plaza, habla el Señor en su
Evangelio: “Yo soy el camino hacia el Padre. Al conocerme a mi, lo conocéis a El.”

ORACIÓN
Un buen día, Señor, comencé a creerme
lo que, a mi mismo, me decía,
olvidé tus Palabras, dejé de escucharlas.
Me interesaban más aquellas otras,
pero estaban rebosando de engaños.
Afiné mi oído, Señor, y quedé prendado
ante la VERDAD de tu persona.
Eres amor que no engaña
Eres amigo que no falla.
Miré, y comprobé, que mi vida era una gran mentira
Una tarde, Señor, pensé en la vida yen la muerte,
y comencé a sentir preocupación y sufrimiento.
Levanté mis ojos a tu cruz, Señor,
y me quedé asombrado del amor de tu VIDA.
Por eso, Señor, en este día te digo
y pregono a los cuatro vientos:
TÚ, SI QUE ERES CAMINO, VERDAD Y VIDA.
Y, en mi camino, mi verdad y mi vida,
siempre me haces falta, Señor. Amén.
Feliz, Pacífica y Fructífera Quinta Semana de Pascua. José Gabriel.

 

PALABRA en carne VIVA

Pastor

4º Domingo de Pascua

 

 (Hechos, 2, 14.36-41;  Sal. 22; 1Pd. 2, 20-25;   Jn. 10, 1-10)

 “Dijo Jesús: yo soy la puerta. Quien entra por mi se salvará y podrá entrar y salir y encontrará pastos” Muchas cosas se esconden más allá de las puertas. Ellas disimulan, rechazan, ocultan, saben guardar secretos. Pero también acogen, esperan, invitan. Cuando Jesús, repitiendo el lenguaje de los profetas, explica al pueblo su oficio de pastor, añade que Él es la puerta del aprisco. Por ella, vuelven a entrar cada tarde las ovejas, para dormir seguras de la amenaza del lobo, de la asechanza de los lechones.

Aunque lejos del hogar, nunca olvidamos la puerta de la casa paterna. Su color, su tamaño, la sensación de seguridad que tuvimos al tocarla y hasta el chirrido peculiar de sus bisagras. Al recordarla revivimos lo que significa volver al hogar: terminar fatigados el viaje. Reencontrar el cariño de los nuestros. Escuchar voces familiares que nos llaman por el nombre. Jesús nos habla de otra puerta, a la cual regresamos un día, en busca de su Rostro Amable. Inicialmente tuvimos una fe infantil, ingenua, elemental, sin dudas ni problemas.

Llegamos luego a una fe adolescente, apagada muchas veces por los conflictos y los fallos personales. Razonada y enfrentada a la razón. Nuestra fe de adultos fue despojada la mayoría de las veces de expresiones externas. Oculta en el subconsciente, apenas si afloró en momentos difíciles, cuando nos golpeaba rudamente la vida. Llega después la etapa del regreso. Un día nos sentimos desnudos y necesitados. Recogemos entre los restos de nuestra vivencia cristiana los elementos válidos que aún persisten. Volvemos a encontrar a Dios en cada acontecimiento, en quienes nos rodean, en la comandad cristiana descubierta de nuevo.

Profesamos entonces una fe que presenta más experiencia que inocencia. Pero que identifica el verdadero rostro del Señor quien mide nuestra capacidad de mal, conoce los mil altibajos del sendero y tasa nuestra inmensa posibilidad de bien. Es hora ya de regresar a Dios, de descifrar por qué El se llama puerta. De emprender el viaje de regreso. Aquella puerta nunca se ha cerrado definitivamente. Por el contrario acoge, espera, invita. Siempre está abierta esperándonos.

 ORACIÓN

Tú, Señor, eres mi Pastor: Tú me cuidas desinteresadamente, me conduces por los senderos de la vida.

Aunque camine por la oscuridad, nada temo porque estás siempre a mi lado.

Tú me conoces personalmente, me llamas por mi nombre, me proteges de todo peligro, me llenas de gozo y de paz.

Gracias de corazón, Señor Jesús. Tú, Señor, eres mi Pastor: Cuidas de mi sin esperar nada a cambio, y me enseñas a cuidar de los demás, sobre todo de los que caminan en soledad. Tú, Señor, me dices: “Yo soy la puerta”, y siempre la tienes abierta de par en par, para que yo pueda entrar, y sentirme alimentado y salvado. Gracias, Señor Jesús. Amén.

Feliz, Pacífica y Fructífera Cuarta Semana de Pascua. José Gabriel.

PALABRA
en carne VIVA  

Emaús

                                    Domingo 3º de Pascua

“Los discípulos de Jesús iban a una aldea llamada Emaús. Mientras conversaban, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos”

(Hechos, 2, 14.22-33; Sal. 15; 1Pd. 1, 17-21; Lc. 24, 13-35)

La historia de Emaús resume los muchos pasos de la fe: El entusiasmo de los primeros días, el desconcierto posterior, la duda, la desconfianza, la sospecha, la deserción, la dicha de volver a encontrar a Jesús, la zozobra cuando le perdemos de vista, el desconsuelo, el ruego para que se quede con nosotros. En la historia de los discípulos de Emaús, aparentemente el Señor no hizo caso a su petición de quedarse. Desapareció al instante. Pero ya la vida de aquellos viajeros no era la misma. Se les habían abierto tos ojos. Aprendieron a reconocer a Dios bajo apariencias ordinarias. Comprobaron que su corazón ardía mientras caminaban a su lado. Regresaron al seno del grupo, a la primera comunidad cristiana, a la primera Iglesia. Todos nosotros hemos experimentado esos pasos en nuestras vida. Emaús aparece como una huida. Queremos escapar de nuestros conflictos: Hogar, trabajo, sociedad, Iglesia, encuentro con nosotros mismos. Muchos son los que caminan a nuestro lado. Entre ellos es difícil reconocer al Señor. De pronto distinguimos a alguien que explica el sentido de la vida. Unas veces con palabras, con gestos. Otras veces simplemente caminando en cercanía. Compartimos la vida, ponemos en común los intereses, hacemos nuestras las preocupaciones del otro y entonces aparece el Señor. Surge allí ese “quédate con nosotros” no siempre consciente y explícito, pero siempre sincero.  El cristiano de hoy regresa, retorna a Jerusalén como aquellos discípulos de Emaús, busca a “los Doce”, la primera comunidad cristiana, la Iglesia.  Allí los labios, antes amarrados anuncian: Era verdad, ha resucitado. Porque el mismo Jesús que se mostró a Simón se nos  muestra ahora a nosotros, pero sólo es posible reconocerlo cuando compartimos el pan.

ORACIÓN
Quédate con nosotros, Señor:
Porque el camino por donde avanzamos
tiene muchos tropiezos y caemos.
Porque, sin Ti, es difícil reconocer y alcanzar
la paz y la felicidad que necesitamos.
Porque, sin Ti, el pan de cada día
es duro de masticar y desagradable al paladar.
Porque para vivir como cristianos,
necesitamos que camines a nuestro lado,
compartas nuestras ilusiones y nuestros sueños,
y conozcas nuestras dudas y fracasos.
Quédate con nosotros, Señor:
Para regresar de los caminos equivocados.
Para llevar esperanza a un mundo perdido.
Para que la tristeza sea amordazada
por la alegría de la Pascua.
Para que nuestra fe sea contagiosa,
pascual, vibrante y entusiasta,
Quédate siempre con nosotros, Señor.
Amén.
Feliz, Pacífica y Fructífera Tercera Semana de Pascua. José Gabriel.

PALABRA en carne VIVA 

(2º Domingo de Pascua)

Tomás

Hechos, 2, 42-47; 
Sal. 117;
1Pd. 1, 3-9;
Jn. 20, 19-31

“A los ocho días estaban reunidoslos discípulos y Tomás con ellos.

Llegó Jesús y dijo a Tomás:  Trae tu dedo, trae tu mano y métela en mi costado”

Admitir que el Señor ha triunfado de la muerte. Que tiene en sus manos los hilos de
la historia. Que está cerca de nosotros y espera una respuesta personal. Que ha fundado
una comunidad de creyentes: Todo esto es complejo e incómodo. Interrumpe el cauce
sereno de nuestros egoísmos. Nos complica la vida, desvela nuestra somnolencia.
Preferimos entonces quedarnos con un Cristo que termina el Viernes Santo por la tarde. A
quien hemos compadecido y quizás acompañado piadosamente hasta el sepulcro.
Cuando nos dicen que ha resucitado. Cuando nuestros hermanos afirman que lo
han visto, respondemos como Tomás: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no
meto la mano en su costado, no lo creo. El Señor aguarda que Tomás se reúna con los
otros discípulos, ocho días después. Cristo invita a Tomás a comprobar personalmente su
resurrección. Le refuta su argumento invitándolo a ver, a palpar y a creer: “Trae aquí tu
dedo y no seas incrédulo sino fiel”. Suponemos el sonrojo del Apóstol. Pero a la vez
adivinamos su inmensa alegría que le hace exclamar: “¡Señor mío y Dios mío!”
No podemos seguir adorando a un Cristo muerto. San Juan nos presenta a un
Cristo vivo, cercano a sus amigos. Que come con ellos. Les entrega el poder de perdonar
pecados, y los envía a mejorar el mundo. Si esta Pascua ha logrado cambiarnos. Si nos ha
comprometido con un Cristo vivo, podremos entonces exclamar como Tomás: Señor mío y
Dios mío. Las cosas sublimes se pueden encerrar en pocas palabras.
ORACIÓN
Ayúdame, Señor, ayúdame:
Que cuando Tú llegues
vea y sienta que has resucitado.
Que no sea tentado por la incredulidad,
el mal, la apatía o el escepticismo.
Que acoja, con serenidad y con alegría,
la noticia de que Tú vives en medio de nosotros.
Que, en el sufrimiento de la humanidad,
descubra las profundas llagas de tu Cuerpo.
Que sea capaz de desplegar los dedos de mi mano
y buscar las heridas de tu costado
Que sepa verte, como Resucitado,
y no recordarte como el Cristo muerto.
Que las llagas de tu costado
sean para mi, prueba de tu victoria.
Que las heridas que se abren en el mundo
sean una llamada a descubrirte vivo en él,
Que con Tomás, postrándome ante tu presencia
resucitada, eterna, viva y pascual
pueda decir hoy y siempre como Santo Tomás:
¡Señor mío y Dios mío!
Amén.
Feliz, Pacífica

PALABRA en carne VIVA

(5º Domingo Ordinario -A-)bola mundo

          Construyamos un mundo con sabor y lleno de luz,  llevémosle a Jesús

Is. 58, 7-10; Sal. 111; 1Cor. 2, 1-5; Mt. 5, 13-16

‘A esto le falta sal, no sabe a nada’, habremos dicho en más de una ocasión. O ‘qué oscuro está este lugar, necesitaría unas luces para poder ver por donde se camina’.

Al escucharme estas frases podemos estar pensado en una comida que nos ha salido insípida o podemos pensar en un lugar cualquiera al que le harían falta unas luces para poder caminar sin peligro en la noche. Pero seguro que podríamos estar pensando en algo más, que no sea referirnos a una comida o a unas luces en la calle. Creo que es en lo que quiere hacernos pensar hoy la Palabra de Dios que se nos ha proclamado. Porque realmente nos está diciendo Jesús que nosotros tenemos que ser esa sal y esa luz. Mal nos podrían disolver en un alimento o ponernos de luminarias en una vía. Pero sí nos dice Jesús: ‘Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo…’ Después de habernos proclamado el mensaje de las Bienaventuranzas como escuchamos el pasado domingo, hoy nos viene a decir esto Jesús. Y que la sal no se puede desvirtuar, perder su sabor, ni la luz se puede ocultar, sino que tiene que dar sabor y tiene que alumbrar. Gran mensaje y gran exigencia nos está planteando Jesús.

Triste sería que nos dijeran que al mundo le falta sabor porque nosotros no se lo hemos sabido dar. Aunque hemos de reconocer que desgraciadamente nuestro mundo cada vez más en muchos va perdiendo ese sabor de Cristo. Somos conscientes de cómo muchos van perdiendo el sentido de una religiosidad auténtica, pero cómo también se van perdiendo los valores cristianos en nuestra sociedad. Cuántas violencias, cuántos resentimientos, cuánta venganza, cuánto odio, cuánto individualismo… Pero eso ha de hacernos sentir inquietud en nuestro corazón. Creer en Jesús y ser su discípulo para seguirle significaría que tanto nos hemos impregnado del mensaje del Reino de Dios, del mensaje del Evangelio que tendríamos que ser como quienes tanto se han empapado de una fuerte colonia que vamos dejando el rastro de su olor allá por donde quiera que vamos. Pero que no es sólo olor, aunque ya san Pablo nos dirá también que tenemos que dar ‘el buen olor de Cristo’, sino que nosotros hemos de ser como la sal que se diluye de tal manera en nuestro mundo, en quienes nos rodean, que van a adquirir un nuevo sabor, el sabor y el sentido de Cristo.

Esto claro, tiene sus exigencias para nuestra vida. Porque no vamos a llevar nuestro sabor sino el de Cristo, no vamos a llevar nuestra luz sino la de Cristo. Es así, entonces, como tenemos que empaparnos nosotros de ese sabor de Cristo y de su evangelio. Eso significará cómo tenemos que estar unidos a Cristo, cómo tenemos que dejar conducir por su Espíritu. Para ser esa sal que lleve el sabor de Cristo allí donde estemos tenemos que cada día más dejarnos transformar por el Espíritu del Señor. Eso entraña ese cultivo de nuestra vida espiritual y cristiana en la escucha de la Palabra, en la oración, en ese crecimiento espiritual. No podemos dejar que esa sal que tenemos que ser se desvirtúe, pierda sabor.

Por eso, siempre espíritu de superación y crecimiento. De ahí que nos revisemos continuamente para no decaer en rutinas y frialdades. Porque si no nos cuidamos espiritualmente también podemos enfriarnos y ya sabemos en que termina una frialdad espiritual. Es necesario estar atentos para vivir intensamente todas esas virtudes y valores cristianos. Y eso tenemos que hacerlo en todas las etapas de nuestra vida, seamos jóvenes o seamos mayores, en cualquier situación. Cuando Jesús nos ha dicho que tenemos que ser luz, ha terminado diciéndonos: ‘alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo’. Tenemos que iluminar y serán nuestra buenas obras, las obras de nuestro amor las que harán resplandecer nuestra luz.

De forma muy concreta nos ha hablado el profeta Isaías. ¿Cómo romperá a brillar nuestra luz para hacer desaparecer toda oscuridad? ‘Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, no te cierres a tu propia carne’, nos dice. Más adelante continúa: ‘cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia… brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía’. Son las obras del amor las que tienen que resplandecer para hacer desaparecer toda oscuridad. Cuánto negativo tenemos que quitar y purificar de nuestra vida: egoísmo, maldad, malos tratos, violencia, insultos, envidias y resentimientos, orgullos que nos envanecen, desprecios que humillan a los demás, malos gestos que pueden herir a los que nos rodean, injusticia, corrupción, hipocresía, mentira… todo eso son sombras y oscuridades que fácilmente se nos pueden meter en la vida. Tenemos que revisarnos, como decíamos antes, porque algunas veces nos cegamos tanto que no nos queremos dar cuenta de lo negativo que podamos tener.

A la contra, actuando en positivo, tiene que resplandecer nuestra generosidad, nuestra capacidad de desprendernos de lo nuestro para compartir; hemos de tener un corazón puro y limpio para abrirlo generosamente con amor y seamos capaces de ser siempre acogedores con los demás; la compasión y la misericordia han de ser tan fervientes en nosotros para ser siempre comprensivos con los otros, dispuestos siempre a perdonar y a disculpar, a mirar siempre en positivo a los que nos rodean y ser colaboradores generosos en todo lo bueno que hay o se puede hacer a nuestro lado. Qué mundo tan feliz lograríamos si fuéramos capaces de impregnar de este sabor del amor, este sabor de Cristo a cuantos nos rodean. Ese tendría que ser siempre nuestro compromiso, nuestra tarea. Así estaríamos llevando la luz de Cristo a nuestro mundo. No nos quejaríamos de oscuridades, como decíamos al principio, y todo tendría otro sabor más gustoso porque nos haría felices a todos. Y eso no es necesario ir muy lejos para realizarlo. Empecemos ahí donde estamos, en la familia, en donde realizamos nuestra convivencia, en el círculo de nuestros amigos o nuestros vecinos, en nuestro lugar de trabajo. Vayamos poniendo esos granitos de sal y de luz, con esa palabra buena, con ese gesto de cariño y amistad, con ese compartir generoso ante cualquier necesidad.

Seremos buena sal, seremos hermosa luz. Nuestro mundo sería mejor. Estaríamos plantando así a Jesús y el Reino de Dios en nuestra sociedad.

Feliz, Pacífica y Fructífera Semana.   Un fraterno abrazo. José G

 PALABRA     en carne VIVA

6ºDomingo T.Ordinario                                

ojos jesus

                          En camino hacia la plenitud

                           del mandamiento del Señor

(Eclesiástico, 15, 16-21; Sal. 118;

1Cor. 2, 6-10; Mt. 5, 17-37)

‘Dichoso el que camina en la voluntad del Señor, con vida intachable, guardando los mandamientos del Señor, buscándolo de todo corazón’. Así rezábamos en el salmo. Es nuestra oración. Creo que ese es nuestro deseo, buscar de todo corazón al Señor,caminar buscando siempre su voluntad. Jesús nos habla hoy de plenitud en el cumplimiento de la ley del Señor. Quienes escuchábamos llenos de esperanza el mensaje de las bienaventuranzas, sentíamos que por eso mismo teníamos que ser luz y sal en medio de nuestro mundo, con el resplandor y el sentido nuevo de nuestra vida.  Se puede pensar a veces en revoluciones que todo lo cambien poco menos que queriendo partir en todo de cero.

Se suele decir que Jesús es un revolucionario. Muchas veces escuchamos ese sentir. Jesús es cierto que viene a hacer un mundo nuevo, el Reino de Dios que el anuncia desde el principio, pero al mismo tiempo que nos enseña actitudes nuevas que todo tienen que transformarlo, sin embargo nos dice que El no ha venido a abolir la ley sino a dar plenitud. ‘No creáis que he venido a abolir la ley los y los profetas; no he venido a abolir sino a dar plenitud’. Era la ley del Señor que en el Sinaí a través de Moisés se les había dado de parte de  Dios con el que habían hecho Alianza; aquellos profetas eran los enviados de Dios precisamente para mantener el espíritu de la Alianza y fueran capaces de irla renovando en sus corazones.

¿Vendría Jesús a abolir todo eso? No tendría sentido, porque era la ley del Señor. Pero esos mandamientos del Señor con tantas interpretaciones y añadidos quizá había perdido su hondo sentido o algunos quizá sólo se quedaran en la letra. Jesús viene a dar plenitud. Jesús viene a darle hondo sentido. Jesús quiere que no nos quedemos raquíticamente en la letra sino que vayamos más allá para que en verdad envolvamos toda nuestra vida de ese sentido de Dios. Por eso nos dice, ‘si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos’. No nos podemos quedar en ritualismos o en literalidades olvidando lo que viene a ser más importante. Jesús irá desgranando a través de todo el sermón del monte todo ese sentido nuevo, toda esa plenitud con que hemos de vivir la voluntad del Señor. No se trata ya solamente de no matar o no cometer adulterio, de no jurar en falso o de cumplir los votos hechos al Señor. Es algo más hondo, más profundo; algo que tendrá que envolver con un sentido nuevo toda la vida, todas las actitudes, todo lo que vayamos haciendo. ‘Se os dijo… pero yo os digo…’ nos irá repitiendo, para que no nos quedemos en raquitismos, en líneas que pongan límites a ver por lo más bajo posible, sino que sepamos mirar hacia arriba para buscar siempre lo más alto, lo más grande, lo mejor, la plenitud. Son las actitudes nuevas del amor que tendrán que reflejarse en mil detalles pequeños; será la mirada limpia que supera el buscarse a si mismo, para buscar siempre lo que sea vida, donde brillará siempre el respeto y la valoración del otro por encima de cualquier pasión egoísta; será la búsqueda en todo momento de reconciliación y reencuentro y será el evitar el más pequeño detalle que pueda hacer daño bien a nosotros mismos o bien a los demás; será la autenticidad y la verdad de la vida en la que no hay engaño y que no necesita de apoyos como muletas para ser creídos o aceptados porque la verdad y la autenticidad brillarán por sí mismas. Es una nueva sabiduría la que nos está enseñando Jesús. Una nueva sabiduría que nos enseña a saborear de modo nuevo nuestra relación con Dios, pero una nueva sabiduría que nos llevará a ese saber entenderse para vivir una comunión nueva de amor con los que nos rodean. San Pablo la llama ‘sabiduría que no es de este mundo’, pero que sin embargo está impresa en lo más hondo de nuestros corazones ‘desde antes de los siglos’, pero que quizá habíamos oscurecidos desde nuestros intereses egoístas o pasionales, y que Jesús y su Espíritu han venido a hacer brillar de modo nuevo en nuestra vida. ‘Dios nos lo ha revelado por el Espíritu’, termina diciéndonos san Pablo.

Son hermosos los detalles, incluso de las cosas pequeñas, con los que nos va señalando Jesús esa plenitud que le hemos de dar al cumplimiento de la ley del Señor. Detalles en la paz que hemos de buscar en todo momento, de manera que nos dirá que esa paz nacida del perdón y de la reconciliación tienen que preceder incluso al culto y la ofrenda que queramos presentarle al Señor. ‘Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda sobre el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda’. No podrán haber palabras hirientes en nuestros labios y si en algún momento surgió algo entre nosotros hemos de procurar arreglarlo antes de que se pueda llegar a mayores cosas como consecuencia de esa espiral de violencia en la que somos tan fáciles en entrar. ‘Si uno llama a su hermano imbécil, tendrá que comparecer ante el tribunal, y si lo llama renegado, merece la condena… con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida…’ Ya sabemos lo que nos pasa en situaciones así; ninguno queremos callar ni quedar por debajo del otro, y a una palabra fuerte surgirá otra más fuerte y así ya sabemos cómo vamos a terminar. Pero en los hijos del Reino no podrá ser así; los que viven el espíritu de las bienaventuranzas han de tener otro estilo para poder ser merecedores del Reino de los cielos.

Hay algo en cierto modo fuerte que nos dice Jesús hoy. Es la lucha que hemos de hacer contra el pecado y la tentación, contra todo aquello que pudiera ser ocasión o motivo de pecado para nosotros. Tenemos que arrancarlo de nuestra vida. No podemos andar con componendas con la tentación o las cosas que pudieran volverse pecaminosas en nuestra vida. ‘Si tu ojo te hacer caer… si tu mano te hace caer… arráncalo… córtala… que es mejor entrar tuerto o manco en el reino de los cielos que con los dos ojos o los dos brazos’. Es la radicalidad con la que tenemos que luchar contra el pecado. Son las actitudes nuevas que hemos de poner en nuestra vida y los actos buenos en los que han de reflejarse. Son los vicios que tenemos que arrancar y las virtudes en las que hemos de brillar. No es necesario que sigamos entrando en más detalles en nuestra reflexión. Quizá lo que necesitamos es volver a leer el Evangelio para seguirlo rumiando en nuestro corazón. Una cosa, cuando nos dispongamos a leer y meditar el evangelio hagámoslo con fe; primero que nada hagamos una profesión de fe en que es la Palabra del Señor la que vamos a escuchar, y al mismo tiempo invoquemos al Espíritu Santo para que nos ilumine, para que allá en nuestro interior podamos ir descubriendo todo eso que nos quiere decir el

Señor y nos lo ayude a comprender y a aplicar de forma concreta a nuestra vida. ‘Que busquemos siempre las fuentes de donde brota la vida verdadera’, vamos a pedir en las oraciones de la liturgia. Esas fuentes de gracia las tenemos en el Señor, en su Palabra, en los Sacramentos. Acudamos a beber el agua viva que nos da la vida verdadera. Nos sentiremos en verdad renovados en el Señor.

Feliz, Pacífica y Fructífera Semana.

Un fraterno abrazo. José Gabriel.

 III DOMINGO DE ADVIENTO

“CURAR HERIDAS”

   La actuación de Jesús dejó desconcertado al Bautista. Él esperaba un Mesías que extirparía del mundo el pecado imponiendo el juicio riguroso de Dios, no un Mesías dedicado a curar heridas y aliviar sufrimientos. Desde la prisión de Maqueronte envía un mensaje a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”.

         Jesús le responde con su vida de profeta curador: “Decidle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia”. Este es el verdadero Mesías: el que viene a aliviar el sufrimiento, curar la vida y abrir un horizonte de esperanza a los pobres.

         Jesús se siente enviado por un Padre misericordioso que quiere para todos un mundo más digno y dichoso. Por eso, se entrega a curar heridas, sanar dolencias y liberar la vida. Y por eso pide a todos: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”.

         Jesús no se siente enviado por un Juez riguroso para juzgar a los pecadores y condenar al mundo. Por eso, no atemoriza a nadie con gestos justicieros, sino que ofrece a pecadores y prostitutas su amistad y su perdón. Y por eso pide a todos: “No juzguéis y no seréis juzgados”.

         Jesús no cura nunca de manera arbitraria o por puro sensacionalismo. Cura movido por la compasión, buscando restaurar la vida de esas gentes enfermas, abatidas y rotas. Son las primeras que han de experimentar que Dios es amigo de una vida digna y sana.

         Jesús no insistió nunca en el carácter prodigioso de sus curaciones ni pensó en ellas como receta fácil para suprimir el sufrimiento en el mundo. Presentó su actividad curadora como signo para mostrar a sus seguidores en qué dirección hemos de actuar para abrir caminos a ese proyecto humanizador del Padre que él llamaba “reino de Dios”.

         El Papa Francisco afirma que “curar heridas” es una tarea urgente: “Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor, cercanía y proximidad a los corazones… Esto es lo primero: curar heridas, curar heridas”. Habla luego de “hacernos cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano que lava, limpia y consuela”. Habla también de “caminar con las personas en la noche, saber dialogar e incluso descender a su noche y oscuridad sin perderse”.

         Al confiar su misión a los discípulos, Jesús no los imagina como doctores, jerarcas, liturgistas o teólogos, sino como curadores. Su tarea será doble: anunciar que el reino Dios está cerca y curar enfermos.

(José Antonio Pagola)

Oración del papa Francisco

Francisco reza una conmovedora oración a la Inmaculada en la Plaza de España

¡Tú eres la Toda Hermosa, oh María! escucha nuestra oración, atiende nuestra súplica.Se acerca y saluda a la multitud de enfermos.

ROMA, 08 de diciembre de 2013 (Zenit.org) – El papa Francisco realizó hoy por primera vez la tradicional ceremonia romana de veneración de la Virgen Inmaculada, en la columna de Plaza de España. El papa Francisco ha salido del Vaticano en una ford focus azul de la Gendarmeria, sentado adelante hacia a la Plaza de España. Durante el recorrido, el Santo Padre se ha parado brevemente delante de la iglesia de la Santísima Trinidad donde ha recibido el homenaje de la Asociación Comerciantes Via Condotti.

Ya en la céntrica plaza romana, a la que ha llegado con diez minutos de adelanto sobre el horario previsto, el Pontífice se ha detenido ante un grupo de enfermos para abrazarlos y acariciarlos.

A continuación, ha comenzado el tradicional acto de veneración a los pies del monumento a la Inmaculada Concepción de María. Durante una celebración de la Palabra, el Pontífice ha rezado.

La oración del papa Francisco a los pies de la Inmaculada

Virgen Santa e Inmaculada, a Ti, que eres el honor de nuestro pueblo y la guardiana atenta que cuida de nuestra ciudad, nos dirigimos con confianza y amor.

¡Tú eres la Toda Hermosa, oh María ! El pecado no está en Ti.

Suscita en todos nosotros un renovado deseo de santidad: en nuestra palabra brille el esplendor de la verdad, en nuestras obras resuene el canto de la caridad, en nuestro cuerpo y en nuestro corazón habiten la pureza y la castidad, en nuestra vida se haga presente toda la belleza del Evangelio.

¡Tú eres la Toda Hermosa, oh María! La Palabra de Dios se hizo carne en Ti.

Ayúdanos a mantenernos en la escucha atenta de la voz del Señor: el grito de los pobres nunca nos deje indiferentes, el sufrimiento de los enfermos y los necesitados no nos encuentre distraídos, la soledad de los ancianos y la fragilidad de los niños nos conmuevan, toda vida humana sea siempre amada y venerada por todos nosotros.

¡Tú eres la Toda Hermosa, oh María!
En ti está el gozo pleno de la vida bienaventurada con Dios.

Haz que no perdamos el sentido de nuestro camino terrenal: la suave luz de la fe ilumine nuestros días, la fuerza consoladora de la esperanza dirija nuestros pasos, el calor contagioso del amor anime nuestro corazón, los ojos de todos nosotros permanezcan fijos, allí, en Dios, donde está la verdadera alegría.

¡Tú eres la Toda Hermosa, oh María!

Escucha nuestra oración, atiende nuestra súplica: se Tú en nosotros la belleza del amor misericordioso de Dios en Jesús, que esta belleza divina nos salve a nosotros, a nuestra ciudad, al mundo entero.

Amén.

           VOLVEMOS A NUESTRO LUGAR DE ENCUENTRO

Palabras del papa Francisco en la audiencia de hoy, 4 de septiembre

¡Vayan, salgan de ustedes mismos para llevar la luz y el amor del Evangelio a todos, hasta los extremos periféricos de la existencia!

Ciudad del Vaticano,  (Zenit.orgFrancisco papa

Este miércoles, ante una Plaza de San Pedro abarrotada de fieles, el santo padre centró su catequesis en las implicancias que tuvo su reciente viaje a Brasil, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud.

A continuación la enseñanza del papa.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos nuestro camino de las catequesis después de las vacaciones de agosto, y hoy quiero contarles acerca de mi viaje a Brasil, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. Ha pasado más de un mes, pero creo que es importante volver sobre este evento, que a la distancia del tiempo permite captar mejor el sentido.

En primer lugar quiero dar gracias al Señor, porque es Él quien ha guiado todo con su Providencia. Para mí , que provengo de las Américas, ¡fue un bonito regalo! Y por esto agradezco también a Nuestra Señora de Aparecida, que acompañó todo este viaje: hice la peregrinación al gran santuario nacional del Brasil, y su venerada imagen estaba siempre presente en el escenario de la Jornada Mundial de la Juventud .

 

Yo estaba muy feliz por eso, porque Nuestra Señora de Aparecida es muy importante para la historia de la Iglesia en Brasil, pero también para toda la América Latina; en Aparecida los obispos latinoamericanos y del Caribe tuvieron una Asamblea General, con el papa Benedicto: una etapa muy importante del camino pastoral en esa parte del mundo, donde vive la mayor parte de la Iglesia Católica.

Aunque ya lo he hecho, quiero renovar el agradecimiento a todas las autoridades civiles y eclesiásticas, a los voluntarios, a la seguridad, a las comunidades parroquiales de Río de Janeiro y de otras ciudades del Brasil, donde los peregrinos fueron recibidos con gran fraternidad. De hecho, la recepción dada por las familias brasileñas y las parroquias fue una de las cosas más bellas de esta Jornada Mundial de la Juventud. Gente buena estos brasileños… ¡Buena gente! Tienen realmente un corazón muy grande.

La peregrinación siempre implica malestar, pero la acogida ayuda a superarlos y, de hecho, lo transforma en ocasión para el conocimiento y la amistad. Nacen lazos que luego se mantienen, sobre todo en la oración. También así crece la Iglesia en todo el mundo, como una red de verdadera amistad en Jesucristo, una red que a la vez que te toma, te libera. Por lo tanto, acogida: esta es la primera palabra que surge de la experiencia del viaje a Brasil. ¡Acogida!

Otra palabra resumen puede ser fiesta. La Jornada Mundial de la Juventud es siempre una fiesta, porque cuando una ciudad se llena de muchachos y muchachas que van por las calles con banderas de todo el mundo, saludándose, abrazándose, esto es una verdadera fiesta. Es una señal para todos, no solo para los creyentes. Y después está la celebración más grande que es la fiesta de la fe, cuando se alaba juntos al Señor, se canta, se escucha la Palabra de Dios, se permanece en una silenciosa adoración: todo esto es el culmen de la Jornada Mundial de la Juventud, es el verdadero propósito de esta gran peregrinación, y se vive de una manera particular en la gran Vigilia del sábado por la noche y en la Misa final. He aquí la gran fiesta, la fiesta de la fe y de la fraternidad, que se inicia en este mundo y no tendrá fin. ¡Pero esto solo es posible con el Señor! ¡Sin el amor de Dios no hay verdadera fiesta para el hombre!

Acogida, fiesta. Pero no puede faltar un tercer elemento: la misión. Esta Jornada Mundial de la Juventud se caracterizó por un tema misionero: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las naciones”. Hemos escuchado la palabra de Jesús: ¡es la misión que Él le da a todos! Este es el mandato de Cristo resucitado a sus discípulos: ¡”Vayan”, salgan de ustedes mismos, de cada cerrazón para llevar la luz y el amor del Evangelio a todos, hasta los extremos periféricos de la existencia! Y fue este mandato de Jesús lo que les he confiado a los jóvenes que llenaban completamente la playa de Copacabana. Un lugar simbólico, a la orilla del mar, que hacía pensar en la orilla del lago de Galilea. Sí, porque aún hoy en día el Señor repite: ” “Vayan…” y agrega: “Yo estoy con ustedes, todos los días…”. ¡Esto es fundamental! Solo con Cristo podemos llevar el Evangelio. Sin Él no podemos hacer nada –nos lo ha dicho él mismo (cf. Jn. 15,5) . Con él, sin embargo, unidos a él, podemos hacer mucho. Incluso un niño, una niña, que a los ojos del mundo cuenta poco o nada a los ojos de Dios es un apóstol del Reino, ¡es una esperanza para Dios!

A todos los jóvenes quisiera preguntarles en voz alta: pero no sé si hay gente joven hoy en la Plaza: ¿hay jóvenes en la Plaza? ¡Hay algunos! Me gustaría, a todos ustedes, preguntarles en voz alta:¿quieren ser una esperanza para Dios? [Jóvenes: “¡Si!”]  ¿Quieren ser una esperanza para la Iglesia? [Jóvenes: “¡Si!”]  Un corazón joven que acoge el amor de Cristo, se convierte en esperanza para otros. ¡Es una fuerza inmensa! Pero ustedes, chicos y chicas, todos los jóvenes, ¡ustedes tienen que transformarnos y transformarse en esperanza! Abrir las puertas a un nuevo mundo de esperanza. Esta es su tarea. ¿Quieren ser la esperanza para todos nosotros? [Jóvenes: “¡Sí!”]. Pensemos en lo que significa aquella multitud de jóvenes que han encontrado a Cristo resucitado en Río de Janeiro, y llevan su amor en la vida de cada día, lo viven, lo comunican. No terminan en los periódicos, porque no cometen actos violentos; no hacen escándalos, y por lo tanto no son noticia. Pero si permanecen unidos a Jesús, construyen su reino, construyen fraternidad, el compartir, obras de misericordia, son una fuerza poderosa para que el mundo sea más justo y más hermoso, ¡para transformarlo! Pido ahora a los niños y niñas que están aquí en la Plaza: ¿tienen el coraje de asumir este reto? [Jóvenes: “¡Sí!”] ¿Tienen el coraje, o no? No he escuchado bien… [Jóvenes: “¡Sí!”]. ¿Se animan a ser esta fuerza de amor y de misericordia que tiene el coraje de querer cambiar el mundo? [Jóvenes: “¡Sí!”].

Queridos amigos, la experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud nos recuerda la verdadera gran noticia de la historia, la Buena Noticia, a pesar de que no aparece en los periódicos ni en la televisión: somos amados por Dios, que es nuestro Padre y que envió a su Hijo Jesús para hacerse cercano a cada uno de nosotros y salvarnos. Ha enviado a Jesús a salvarnos, a perdonarnos todo, porque Él siempre perdona: Él siempre perdona, porque es bueno y misericordioso. Recuérdenlo: acogida, fiesta y misión. Tres palabras: acogida, fiesta y misión. Que estas palabras no sean solo un recuerdo de lo que sucedió en Río, sino que sean el alma de nuestra vida y de la vida de nuestras comunidades. ¡Gracias!

 

Domingos del Tiempo Ordinario

3er Domingo del Tiempo Ordinario

Palabra en Carne Viva

Jesús barca

 

Con Jesús llega la Luz y se disipan las tinieblas.

Is. 8, 23-9, 3; Sal. 26; 1 Cor 1,10-13.17; Mt. 4, 12-2

 En la navidad escuchamos que ‘la Palabra era la Luz y que la Luz vino a las tinieblas…’

Ese ha sido un mensaje repetido desde entonces muchas veces de una forma o de otra en la Palabra que hemos ido escuchando y podríamos decir que de alguna manera es el mensaje que hoy escuchamos. Vuelve a hablársenos de tinieblas y de luz, de manera que incluso la primera lectura de hoy, del profeta Isaías, es la misma que escuchamos en la noche del nacimiento del Señor. Y Mateo en el evangelio para hablarnos de lo que significó la aparición de Jesús anunciando el Reino de Dios en Galilea viene a citarnos también ese mismo texto. ‘El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte una luz les brilló’. Y continúa el evangelista diciéndonos: ‘Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: Convertíos, porque estácerca el Reino de los cielos’.

Ha aparecido la luz que viene a disipar todas las tinieblas. Ha aparecido la vida que viene a arrancarnos de las sombras de la muerte. Comienza Jesús su predicación, los signos y las llamadas.‘Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo’. Pero había pasado también por la orilla del lago y había invitado a los primeros discípulos. ‘Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres’.

Es todo un signo de gran significado que Jesús comience por Galilea y en concreto por Cafarnaún. Podía haber ido directamente al templo y hablar con los sacerdotes y los maestros de la ley donde se enseñaban las Escrituras; podría haber comenzado por buscar a personajes influyentes que le hicieran caso y así atrajera a mucha gente para el Reino de Dios que anunciaba. Sin embargo comienza por ‘la Galilea de los gentiles’, por Cafarnaún una zona en cierto modo históricamente muy paganizada. Allí estaban las tinieblas, y allí tenía que comenzar a brillar la luz.

Era el que se había desprendido de su categoría de Dios, no hacía alarde de su categoría de Dios, sino que se había hecho el último pasando por uno de tantos; había nacido entre los pobres como un desplazado que no tenía ni sitio en la posada para su nacimiento, y un día diría que el Hijo del hombre no tenía donde reclinar la cabeza; era el que se había escondido en la pequeña aldea de Nazaret perdida entre los valles de Galilea, y ahora se había venido a estar con los pequeños, los pobres, los que sufren, los pobres y sencillos pescadores del mar de Galilea.

Así brillaría la luz de Dios; la luz que un día había envuelto con su resplandor a los sencillos pastores de Belén en su nacimiento; la luz que comenzaría ahora brillar en la Galilea de los gentiles pero no desde la fuerza del poder o de las grandezas, sino desde la misericordia y el amor de quien se compadecía de los que andaban como ovejas sin pastor y de quien ofrecía ese amor y misericordia hecho salud, hecho perdón y hecho vida a quienes quisieran escucharle y seguirle.

¿Quiénes iban a ser sus primeros seguidores y compañeros de camino? Unos humildes pescadores que se entregaban con todo afán a sus tareas de la pesca, pero en cuyo corazón había comenzado a arder la esperanza cuando le escuchaban anunciar el Reino Nuevo que estaba llegando, y en quienes surgiría el fuego de la generosidad y de la entrega para dejarlo todo y seguirle porque comprendían que era algo grande lo que les anunciaba y a lo que les invitaba.‘Pasando junto a la orilla del lago de Galilea vio a dos hermanos, a Simón al que llaman Pedro y a Andrés su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores… y más adelante, vio a otros dos hermanos; a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre… venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres…’

Las tinieblas comenzaron a disiparse en sus corazones porque en ellos nacía la generosidad y la disponibilidad. ‘Inmediatamente dejaron las redes y la barca y lo siguieron’. Comenzaba una tarea nueva para ellos, pero era algo luminoso porque era estar con Jesús. Tenía que haber una alegría nueva en sus corazones como decía el profeta: ‘Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia como gozan al segar…’

¿Será esa nuestra alegría también? ¿Sentiremos en verdad que Jesús es esa luz para nuestra vida que nos arranca de las tinieblas? Creo que al escuchar hoy esta Palabra del Señor a eso tendría que conducirnos. A encontrarnos con esa luz, a llenarnos de esa alegría; a disipar todo lo que sea tinieblas en nuestra vida desde el encuentro con Jesús. Y es que encontrarnos con Jesús y tener la disposición de seguirle es la alegría más grande que podamos alcanzar. Que sintamos de verdad la alegría de la fe, la alegría de seguir a Jesús.

Ojalá tuviéramos nosotros el ardor de la generosidad y de la disponibilidad que tuvieron aquellos primeros discípulos. No es fácil como no les fue a ellos, porque muchas veces los veremos a lo largo del evangelio aún con resabios de tinieblas en su vida cuando pensaban quizá en primeros puestos o estaban midiendo hasta donde llegaba su entrega y los beneficios que pudieran alcanzar. ‘Y a nosotros que lo hemos dejado todo por seguirte, ¿qué nos va a alcanzar, qué vamos a ganar?’, se preguntaban alguna vez. Y es que la tentación de las tinieblas siempre nos está acechando.

Pueden aparecernos muchas tinieblas que nos llenen de tristeza, pero sabemos que Jesús es nuestra luz y nuestra alegría. También como les sucedería a los discípulos en el largo camino que hicieron con Jesús a nosotros nos pueden aparecer las tinieblas de la duda, de la envidia, del orgullo, de las discordias, de las aspiraciones egoístas, del individualismo y hasta de las divisiones. San Pablo llama la atención de la Iglesia de Corinto en la que iban apareciendo cosas así. Pero que prevalezca la luz sobre la oscuridad en nuestra vida; que no abandonemos nuestra fe en Jesús y desde ahí encontremos fuerzas para mantenernos siempre en su luz.

Pero, bueno, intentemos ponernos en marcha tras Jesús para conocerle y seguirle, para aprender de su amor y amar con un amor como el de El, para llenar de verdad nuestro corazón de esperanza desde la Buena Nueva del Evangelio que escuchamos, para que lleguemos a comprender el camino de cruz que quizá tengamos que tomar. Pero aunque nos puedan aparecer las tinieblas de la duda, que al final nos reafirmemos en nuestro deseo de estar con Jesús, porque seamos capaces de decir como diría un día Pedro ‘Señor, ¿adónde vamos a acudir si tu tienes palabras de vida eterna?’

‘El Señor es mi luz y mi salvación’. ¿A quién temeré?… ¿qué me hará temblar?’ fuimos diciendo el salmo responsorial. Que gocemos en verdad de la dicha de su luz, de su presencia, de su vida.

Feliz, Pacífica y Fructífera Semana.

Un fraterno abrazo. José Gabriel.

PALABRA en carne VIVA                                                         

3 Domingo Ordinario (A):

 Mal.3,1-4                                                                 La Presentación en el Templo

 Lc.2,22-40 Presentación

Este domingo coincide con la celebración litúrgica de la Presentación del Señor en el Templo. Esta fiesta tiene aún rememoraciones de la Navidad, pero de alguna manera puede ser anticipo y anuncio de Pascua; nos recuerda ofrendas y sacrificios de acción de gracias como los ofrecidos en el templo de Jerusalén con motivo del nacimiento de todo primogénito varón que había de ser consagrado al Señor, pero nos está adelantando lo que va a ser el sacrificio definitivo del Cordero Pascual. Por otra parte nos aparece la figura de María a la que se le está anunciando la Pascua desde el propio nacimiento de su hijo, y que para nosotros los canarios tiene un significado especial esa presencia de María porque a ella la contemplamos en todo lo que ha representado y seguirá representando su figura de Candelaria, de portadora de la luz para nuestra tierra y nuestra fe.

La liturgia de este día que ya ha tenido un significativo inicio con la bendición de las candelas y esa procesión luminosa hasta el altar al encuentro del que viene como luz de las naciones, nos ofrece por otra parte un salmo en medio de la proclamación de la Palabra con ciertos aires de triunfo y de gloria.‘¡Portones, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria! ¿quién es ese Rey de la gloria?’ Si hubieran sido conscientes los sacerdotes y levitas del templo, como lo fueron

el anciano Simeón y la profetisa Ana, de quién era aquel niño que en brazos de José y María era presentado al Señor con la ofrenda de los pobres, un par de tórtolas o dos pichones, hubieran mandado a llamar a todos los cantores del templo de Jerusalén y hubieran convocado al pueblo para aclamarle con este salmo de triunfo.

Aquel niño no era solamente el hijo de aquellos galileos pobres que ahora venían al templo como mandaba la ley de Moisés para hacer la presentación y la ofrenda sino que aquel niño era en verdad el Señor al que había que aclamar y recibir. Era el que había anunciado el profeta.

‘De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la Alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar’ . Los ángeles en su nacimiento así lo habían anunciado a los pastores, ‘en la ciudad de David os ha nacido un salvador, es el Mesías, es el Señor’. Claro que tenemos que cantar con el Salmo: ‘Que se alcen las antiguas compuertas, va a entrar el Rey de la gloria’ Pero allí estaba sí aquel niño primogénito por quien se iba a pagar la ofrenda de los pobres, pero que en verdad era el Cordero que se iba a inmolar y que un día sería señalado como el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Era el Sacerdote, el Pontífice, pero era también la Víctima que se iba a ofrecer, como Cordero inmaculado del que eran signos aquellos corderos que cada pascua se inmolaban y se comían. Este si que es el verdadero Cordero, que se inmola, que nos quita el pecado, pero que además se nos da en comida cuando se nos da en la Eucaristía. Por eso decía que tiene esta celebración rememoraciones de la navidad, pero tiene también esa connotación pascual, porque además así se estará anunciando a María proféticamente por aquel anciano Simeón. Anciano que recogía en sí lo que eran todas las esperanzas de Israel, el deseo profundo de todos los corazones que quieren sentir a Dios, vivir su salvación. ‘Hombre honrado y piadoso que aguardaba el Consuelo de Israel y en quien moraba el Espíritu Santo’.

Hombre de fe y de esperanza firme que confiaba poder ver un día con sus ojos al Salvador porque así se lo había revelado el Espíritu en lo hondo de su corazón. Allí estaba siendo testigo, el más cualificado lleno como estaba del Espíritu del Señor, de

la entrada del ‘mensajero de la Alianza’, de aquel en cuya sangre se iba a realizar la Alianza nueva y eterna, la Alianza definitiva. El sería el que anunciaría a María la Pascua. ‘Mira: Este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida; así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti una espada te traspasará el alma’

            María feliz y dichosa por ser la Madre del Señor, feliz y dichosa por su fe y porque ha plantado como nadie la Palabra de Dios en su corazón se convertirá en Madre dolorosa, porque si ahora está con su hijo haciendo esta primera ofrenda al Padre -¿estará diciendo Jesús lo que nos dice la carta a los Hebreos, ‘aquí estoy, oh, Padre, para hacer tu voluntad’ ? –; pero María estará también en el momento supremo de la Pascua, en el momento de la ofrenda definitiva de la Sangre de la Nueva Alianza en el Altar de la Cruz junto a su Hijo, el Pontífice y Sacerdote, pero junto a su Hijo que es también la Víctima, Cordero Inmaculado que se ofrece al Padre. Y a María la contemplamos hoy conduciéndonos a Jesús. En sus manos está la luz, porque en sus manos está Jesús. Con su Si hizo posible la encarnación del Verbo de Dios en sus entrañas y que el Enmanuel estuviera con nosotros. En sus manos está la luz porque ella siempre nos lleva hasta Jesús para que en El encontremos la Palabra de vida y nos llenemos de su salvación.

Bendita imagen de María con la luz en sus manos fue la primera misionera en estas tierras porque hacía mirar a lo alto para que viendo en ella la Madre del Sol, pudiera un día contemplar a quien era el verdadero sol, la verdadera luz de nuestra salvación. Así esa imagen bendita de María fue la primera misionera, la que preparó los caminos cual precursora para que un día pudiéramos conocer, seguir y amar a Jesús. Así ha estado María siempre presente entre nosotros y así surge esa devoción filial a la Madre que nos cuida y nos protege y nos alcanza la gracia salvadora del Señor para nosotros. Es la Madre más hermosa que tenemos y a quien amamos desde lo más profundo de nuestro corazón porque es la Madre del Señor y porque es nuestra Madre. Que no se enturbie ni se difumine nunca esa presencia de María de Candelaria entre nosotros, que no la desterremos nunca de nuestro corazón. Tenemos que cuidar mucho nuestra devoción a María, purificándola quizá de muchas impurezas y confusiones, y manteniendo lo más puro posible nuestro amor a María.

Que nos dejemos iluminar por su luz que no es otra que la de Cristo. Hemos comenzado hoy con la liturgia en esa procesión de entrada con nuestras luces encendidas porque queremos que así el Señor nos encuentre cuando venga a nosotros porque mantengamos encendida nuestra fe, porque en verdad resplandezcamos siempre por nuestras obras de amor, y así nos haga pasar al Banquete eterno de su gloria, al Banquete del Reino de los Cielos; podamos ser presentados ante el Señor con el alma limpia, como pedíamos en la oración litúrgica.

Que María nos ayude a mantenernos en esa fe, en ese amor y en esa santidad.

En la jornada de la vida consagrada , que también se celebra hoy, oramos por

tantos hombres y mujeres que por entero han dicho sí a Dios y le han entregado sin

reservas ni condiciones sus vidas.

Feliz, Pacífica y Fructífera Semana.

Un fraterno abrazo. José Gabriel.