Sor Anna

CÓMO LLEGUÉ A SER SIERVA DE MARÍA

Me llamo Sor Anna Aminyoh Negbor Abang, soy Camerunesa, de la Región de Sur oeste de Camerún, de un pueblo que se llama Numba. Mi padre se llama Nicolás y mi madre Regina, somos 4 hermanos; yo la segunda. Recuerdo que cuando crecía, los hermanos de San Juan de Dios eran amigos de mi Familia y me gustaba cómo ellos cuidaban a los enfermos, pero como eran hombres, para mí era imposible ser como ellos. Había crecido con esta nostalgia de cuidar a los enfermos. Recuerdo cómo cuando terminé la primaria, para estudiar secundaria, mi papá quiso que estudiara en una escuela de Religiosas, pero no aprobé el examen y me entristecí mucho; mis hermanas y primos, decían que mi papá quería que yo fuera religiosa, ellos empezaron a reírse de mi y mi papá me dijo: “venga reverenda, no llores”. Yo no quería ser religiosa.

Hice mi primera comunión a los 14 año s, en mi escuela había una religiosa que venia a dar clase, yo iba cuando me apetecía, hasta que cuando iba a terminar el quinto año, mis padres se trasladaron a un pueblo que se llama Widikum, donde residen las Siervas de María. Allí cambió todo, no estábamos acostumbrados al clima y a otras muchas cosas, así que a menudo estaba enferma; mis padres estaban muy preocupados por eso, los gastos y todo lo demás. Recuerdo cómo en una de estas ocasiones, pedí a Dios que me curara y le serviría toda mi vida y El me escuchó. Cuando sané, olvidé la promesa que hice al Señor, así que seguí con mi vida normal. Llevaba más de un año en este pueblo y las Religiosas no me llamaban la atención en nada, ni cuando iba a su centro de salud ni en la misa.

Cuando terminé el quinto año mi papá decidió que era mejor que descansara un tiempo antes de empezar el “High school”; acepté pero con mucha contrariedad porque yo quería seguir. Pasé todo ese año en casa con mi sobrino de 8 meses y aprendí mucho. Un día que estaba en el salón de la casa vi pasar a la hija de una vecina, yo no la conocía, pero siempre que tocaban las Religiosas la campana, ella salía corriendo; decidí preguntarle qué pasaba y ella me dijo que iba a rezar el rosario con las Hermanas y le pregunté si podía ir con ella el día siguiente, ella me dijo que si. Me animé y así lo hicimos; al entrar en su capilla me quedé asombrada y dentro de mi corazón dije: ¡aquí me quedo!, pero después decía: “yo no pienso que el Señor me está llamando, yo de monja nada, ni pensarlo”. Fue una lucha muy larga, yo diciendo no y el Señor diciendo que “SI”, hasta que recordé que yo había prometido al Señor que si me curaba Le seguiría; al final, me rendí y, Él me “pudo”.

A partir de entonces, las Hermanas me invitaban a hacer una experiencia con ellas; a mí me gustaba la idea pero no me decidía; el pensar que tenía que decir a mis padres que quería ser monja, me asustaba. Con mi mamá no había ningún problema pero con mi padre tenía miedo, así que decidí escribirlo y dejárselo en el salón, dado que él se sentaba frecuentemente allí; vio la carta, pero no me dijo nada, así que decidí escribir otra y se la puse en la mesita de noche, en su habitación. Tampoco me dijo nada, pues el día anterior de ir al convento para la experiencia le dije: “papá, las monjas me han invitado para una experiencia y mañana me voy” ; a lo que me respondió: muy bien, puedes ir.

Cuando terminé la experiencia decidí ir al convento, fue para terminar la escuela después de 2 años iba a entrar y mi papá dijo: “de ninguna manera” (porque quería que fuera a la universidad) yo le insistí: ¡me voy al convento! Porque han venido todas las chicas, quedo yo sola y me están esperando. Fue una lucha tremenda en la que, al final venció el Señor.

Mi papá me comentó finalmente que había escrito una carta a mi tío que me esperara que respondiera. Yo dije con decisión que no: “no voy a esperar la carta”. El día que salí de mi casa nunca olvidaré cómo lloraba mi papá y mis hermanos; todavía mi hermano era pequeño no se enteraba de lo que pasaba; de mi sobrino… no quería pensar pues había sido parte de mi vida. A otro día, llegó la carta de mi tío diciendo que era mejor que me fuera a la Universidad y mi papá se presentó en el convento para decírmelo y yo le dije resueltamente: “papá, lo siento, ya estoy dentro, no voy a salir más” y, hasta hoy.

Mi alma no saber da gracias a Dios por todos los beneficios que he recibido a través de sus manos; aún algunas veces me quedo sorprendida de sus maravillas. Quién puede imaginar que a una pobre criatura como yo, el Señor quiso elegir; pues Él que eligió a los apóstoles que no eran fariseos, ni gentes cultas, también lo hizo conmigo. Soy feliz y me alegro en el corazón de haber seguido Su llamada; por eso, me atrevo a decir como la Virgen María y con Madre Soledad: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”

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